Dejamos esta conversación, y yo tomé en mi mano dos o tres periódicos ingleses y los estuve hojeando.

—De todo este barullo de nuestra época, ¿qué quedará?—dije yo.

—Quizá lo que menos sospechamos—contestó sir David.

—Yo creo que va a quedar muy poco o casi nada—dijo Stratford—; de todas esas utopías antiguas, religiones, supersticiones, mitologías, como se las quiera llamar, han quedado unos magníficos cementerios en los museos, formados por piedras, estatuas, cuadros; pero de esta pobre seudodemocracia actual, ¿qué va a quedar? Unos cuantos montones de libros y de periódicos, y nada más. Ya que nuestra época no puede levantar el Panteón, ni las Pirámides, ni la catedral gótica, toda su gloria va a consistir en ensuciar toneladas y toneladas de papel.

—Yo, entonces, no creía en lo que decía Stratford. Hoy, tampoco. Seguramente de todo ese ruido de palabras de los parlamentos y de la prensa no quedará gran cosa, y es probable que no quede nada; pero quedará la ciencia, que en el siglo xix ha tenido una expansión admirable.

Claro, la ciencia no va a resolver si vamos a vivir después de la muerte o no, ni si las oraciones sirven o no sirven; pero nos quitará mucho dolor en la vida y nos dará puntos de apoyo para soñar y emplear la imaginación en temas mucho más altos y más nuevos que los que han dado el arte y las religiones.


IX.
NOSTALGIAS

Hizo un par de días, mientras estuve en Cambo, deliciosos, de verano. El sol brillaba en el follaje nuevo de los árboles con una alegría, con una pompa espléndida y magnífica. Los manzanos y los perales estaban en flor; las abejas y los moscones rezongaban en el aire caliente. Este prólogo de la nueva vida tenía algo admirable y encantador.