Yo me sentía conmovido como con un acceso sentimental. Estaba a veces casi a punto de llorar. Mi cuarto, con sus muebles rococos y sus retratos antiguos, tenía un aire tan poético y al mismo tiempo tan viejo, sobre todo cuando entraba el sol de media tarde, que me llenaba el espíritu de melancolía, de una melancolía dulce y poética.
Me parecía que vivía en un aire ya pasado, con cosas muertas, que tenían un perfume marchito, como un manojo de flores guardado en un armario. Cuando salía al campo pensaba que me gustaría vivir en uno de aquellos caseríos, marchando delante de la carreta con los bueyes, yendo con el aguijón al hombro diciendo: ¡Aida! ¡Aida!, y que todas estas fantasías de intrigas políticas, de espionajes y de enredos no eran mas que estúpidas maniobras que no tenían la menor importancia...
La verdad es que este país vasco francés es encantador; más templado que el vasco español, menos montañoso y más soleado, parece hecho únicamente para dormir y soñar. Yo no he visto nada más ingenuo, más suave, ni más amable. Allí no hay grandes montes rudos y melancólicos, ni cascadas, ni castillos roqueros de aire amenazador; allí no hay preciosidades artísticas, ni gente muy rica, ni gente muy pobre; todo es alegre, pequeño, sin exageración, claro, reposado.
El campesino vasco es casi el único aldeano de Europa que tiene hoy aspecto de campesino. Cuando se le ve trabajar en su tierra con sus bueyes, está tan identificado con la naturaleza, que se funde con ella. El contemplar a estos aldeanos es para mí uno de los pocos motivos que me induce a tener respeto por ciertas formas de la tradición.
Muchas veces, contemplando el campo, recordaba aquellos versos de Elizamburu, el poeta de Sara, que fué capitán de granaderos de la Guardia Imperial de Napoleón:
Icusten duzu goicean,
Arguia asten denian,
Mendito baten gañian
Eche tipitho aintzin churi bat,
Lau aitz ondoren erdian