Chacur churi bat atean

Iturriño bat aldean.

An bizi naiz ni paquean.

(¿Ves por las mañanas, cuando la luz comienza a alumbrar, en lo alto del monte una casa chiquita, con la fachada blanca, en medio de cuatro robles, con un perro blanco en la puerta y una fuentecilla al lado? Allí vivo yo en paz.)

Estos versos no tenían la originalidad de los de Goethe, de los de Víctor Hugo o de los de Heine; pero reflejaban dentro de su medianía admirablemente el deseo de un vasco de vivir en la tierra de los antepasados.

Elizamburu, el capitán de granaderos, que había recorrido media Europa, había sentido al escribirlos la nostalgia de su aldea, soñando con volver a su casa, blanca y pequeña, a la vida obscura del campo. Yo, que no había recorrido Europa, experimentaba un anhelo parecido.

Quizá era un anhelo intelectual, más que real, un amor por una idea, por un concepto...

No conozco yo bien la casa campesina de otros países; no sé si es mejor o peor; pero no creo que me entusiasme como la casa vasca.

No me ilusiona el cortijo o la masía en donde apenas se hace fuego, ni las porcelanas, ni los azulejos, ni los suelos de ladrillo; a mí me gusta que en el hogar haya siempre lumbre, y que una columna de humo salga constantemente de la chimenea; me gusta que en la cocina haya poca luz, que huela a leña quemada, que haya una buena vieja junto al fuego y que se oiga cerca el mugido de los bueyes...

No, seguramente Aviraneta no tenía estos ridículos accesos sentimentales. El era en sus ideas y en sus planes más constante, más tenaz; su personalidad estaba constituída de una substancia homogénea; no tenía esta heterogeneidad de mi carácter, ni tampoco este sentimentalismo mío, no sé si perruno o de capitán de granaderos.