X.
FÍSICA

Tenía curiosidad por averiguar lo ocurrido entre Delfina y Stratford, pero a ninguno de los dos me hubiera atrevido a preguntarles nada. A los tres días de nuestra estancia en Jaureguía fuimos a Bayona madama D'Aubignac, la de Saint-Allais y yo; y al llegar a casa me encontré con una carta de Aviraneta, en la que me decía que fuese a Bidart y buscase y copiase unos documentos en su archivo, y que luego fuera a Sara y me enterase del giro de los asuntos de Muñagorri.

Al día siguiente marché a Bidart y fuí a hospedarme al caserío Ithurbide, la antigua casa de Gastón de Etchepare, donde me encontraba muy a gusto.

LOS CARACOLES

El cuarto que me cedía madama Ithurbide (yo la llamaba así, aunque no fuera éste su apellido) era una sala con alcoba, la principal de la casa. Esta sala tenía un balcón corrido que daba a una duna verde que se cortaba en el acantilado del mar.

Era una sala eminentemente marina; el papel de la habitación tenía unas fragatas que navegaban a todo trapo.

En la chimenea, sobre el mármol, se veían dos ramilletes hechos de conchas y metidos en fanales de cristal; en la mampara, una estampa de color con una lancha de pescadores. Sobre una cómoda había un barco de marfil, y sobre un velador, una caja con conchas pegadas en la tapa, y varios caracoles, estrellas de mar, pólipos y corales.