Tanta concha y tanto caracol daba la impresión de que se estaba en un acuario, y que uno mismo era algún molusco o algún pólipo que por equivocación había dejado su cueva para entrar en aquel cuarto.
El primer día registré el archivo de Aviraneta, y encontré los documentos que me indicaba, y me puse a copiarlos.
Terminado mi trabajo paseaba por el arenal desierto de Bidart y contemplaba el anochecer espléndido, en que el sol se iba poniendo hacia el cabo Higuer. Luego tomé la costumbre de ir por la mañana a la playa, a primera hora, y después, por la tarde, hacia el crepúsculo.
Este mar resplandeciente con el sol de primavera, cuando lo divisaba desde encima de las lomas verdes, me daba una gran alegría.
En la casa me encontraba contento. Madama Ithurbide me hacía un potaje de judías y de verdura, que comía con gusto después de un año de comida de hotel.
Me hubiera quedado allí mucho tiempo si no hubiese sido porque tenía que seguir mi marcha.
Uno de estos días, el tercero, al salir de mi casa, por la mañana, para ir hacia el mar, pasé por delante de un jardín en donde una muchacha cantaba una canción que había oído en Laguardia:
La Pisqui, la peinadora,
con excusa de peinar,
le da citas al velero,