y se van a pasear.

Me erguí un poco para mirar por la tapia. La que cantaba era una muchacha morena, de ojos negros.

—Muy bien—la dije—, muy bien. Veo que está usted de buen humor.

—¿Y usted, no?

—Sí, también. ¿Es usted española?

—Sí.

—¿De dónde?

—De Haro. ¿Y usted?

—Yo, de Vera.

La muchacha estaba sirviendo con una señora que tenía un niño enfermo. Allí, sola, en aquella casa próxima al mar, se aburría soberanamente. Aquel día, la señora había ido a Bayona a casa del médico.