Al pasar por la tarde volví a ver a la muchacha, que estaba cantando y tendiendo ropa al sol.
—¿Por qué no viene usted a pasear conmigo?
—¿Adónde?
—Por la playa.
—Pues, vamos.
Fuimos por la playa, charlando. Me contó su vida. Era de un pueblo próximo a Haro. Se llamaba Dolores.
Se nos obscureció. Yo estaba muy conmovido, y ella también.
Yo la abracé y la besé varias veces.
Al retornar a su casa entró ella por el jardín para ver si había vuelto la señora; pero no había vuelto.
La soledad, la noche espléndida y tibia, el ruido del mar próximo, una especie de aura erótica nos sobrecogió a los dos...