Nos acercamos a la proa del barco. Se veía a lo lejos, a la derecha, el cabo Ogoño, alto, romo, tajado a pico y de color rojo, y delante, la silueta gris de la isla de Guetaria.

—Te contaré—me dijo Aviraneta—cómo he aceptado yo esta comisión. Estaba en Madrid, a principios de este año, escondido porque me perseguía el Gobierno de Mendizábal, vivía obscuramente llevando las cuentas de un ferretero de la calle de los Estudios, cuando a fines de mayo se comenzó a hablar de la expedición real de los carlistas. Yo había tenido que recurrir varias veces a un amigo mío, don José María Cambronero, jefe de una de las secciones del Ministerio de la Gobernación, para parar los golpes de la policía, que me molestaba constantemente. Una noche, al volver a mi casa, encontré una tarjeta de Cambronero, en la cual me decía que fuera a verle a su oficina. Fuí, me acogió amablemente y me hizo pasar al despacho del ministro, don Pío Pita Pizarro. El ministro me dijo que se habían interceptado unas cartas escritas desde Bayona, en las que se hablaba de un gran complot carlista que tenía por objeto sublevar la Mancha, Andalucía y los presidios de Africa. Pita Pizarro me preguntó si quería encargarme de este asunto y de estudiar la manera de hacer abortar la conspiración. En principio le dije que sí y le hice varias observaciones. A los cuatro o cinco días un palaciego amigo mío, Fidalgo, vino a buscarme a casa, me llevó al Palacio Real y me presentó a la Reina.—Sé la misión que has tomado—me dijo María Cristina—; pon en la empresa toda tu alma. Si el dinero que te da Pita Pizarro no te basta, escríbeme a mí.—Así lo haré—. Es todo lo que ha ocurrido.

—Sabiéndolo me parece que estoy más seguro de mí mismo—le dije a don Eugenio.

—Vamos a trabajar por la libertad y por la Reina; vamos a poner todos los medios para acabar la guerra, que nos consume y nos aniquila.

Tras de esta confidencia, yo intenté llevar a Aviraneta al terreno de los detalles, pero él me dijo:

—En esta clase de trabajos en donde colaboran varios conviene que sólo uno, el jefe, esté enterado del conjunto de las operaciones. Tú, poco a poco, irás conociendo a los agentes que trabajan en tu mismo campo; yo te los iré indicando cuando venga el momento.

Comprendí que mi misión iba a tener mucho de confidencia y de espionaje; pero en esta época todos los políticos activos y los generales, quitando los oradores ampulosos y huecos de Madrid, tenían que practicar el espionaje.

Llegamos a San Sebastián; yo fuí a la antigua casa de huéspedes en donde había vivido, y Aviraneta, al Parador Real.

EN SAN SEBASTIÁN

En los ocho días que estuve en San Sebastián me enteré de varias cosas relacionadas con el viaje de Aviraneta. Los políticos estaban alarmados con la marcha de don Eugenio a Francia; los masones trabajaban contra él.