La Plana Mayor General había escrito al conde de Mirasol señalándole la presencia del peligroso personaje. Alzate contó que la misma noche de nuestra llegada a San Sebastián el conde de Mirasol mandó llamar a Aviraneta, y que tuvieron los dos una conferencia reservada. Pasada la semana en San Sebastián, siguiendo las instrucciones de don Eugenio, y habiendo logrado que algunos comerciantes me dieran representaciones de sus casas, me embarqué en una trincadura, desembarqué en Socoa y fuí en un cochecito a Bayona, y paré en la fonda de San Esteban.
Contemplé el plano de la ciudad, me di cuenta de sus calles y, al anochecer, seguí la orilla derecha del Nive por el muelle de los Mercados.
Estaban algunos pescadores en el pretil del río, di la vuelta a la torre de Sault y aparecí en la calle de los Vascos. Era una calle estrecha, triste, en la que olía a pescado; se hallaba entre los muelles del Nive y la calle de España, y salía a la de la Pescadería.
Vi en las portadas muchos nombres vascongados: Olhagaray, Etcheverry, Hiribarne, Errachu, y, por fin, encontré la tienda de Iturri, tienda de pañolería en el piso bajo y de posada en los altos, y entré en ella.
II.
AVIRANETA Y YO
No sé si habrá notado el lector que, después de los doce tomos ya publicados de las Memorias de un hombre de acción, ahora sigo con mi relato, interrumpido en la mitad del primer tomo de El aprendiz de conspirador. Esa mitad del primer volumen es como el prólogo de toda mi obra.
Si algún curioso ha llegado en la lectura hasta aquí, no cabe duda que es amigo y que habrá perdonado los innumerables olvidos, equivocaciones y errores que se me han pasado en tan larga narración. En este libro que comienzo ahora hablo más de mí mismo que de Aviraneta, y hago casi mi autobiografía.
Podría haber escrito una historia con pretensiones de seria de algunos sucesos, porque muchos de mis datos son nuevos y desconocidos, pero desconfío de la historia que se tiene por seria.