La historia es siempre una fantasía sin base científica, y cuando se pretende levantar un tinglado invulnerable y colocar sobre él una consecuencia, se corre el peligro de que un dato cambie y se venga abajo toda la armazón histórica. Creyéndolo así, casi vale más afirmar las consecuencias sin los datos.
Para algunos hubiera sido quizá más interesante hablar sólo de Aviraneta, retirándome yo a un último plano; pero creo que de Aviraneta he hablado bastante, y que a las cosas y a los hombres hay que compararlos para apreciar sus caracteres; y en esta narración, Aviraneta y yo estamos con frecuencia frente a frente, no como enemigos, sino como tipos de modalidad espiritual distinta.
La vida de Aviraneta fué, sin duda alguna, un segmento de vida mucho más interesante que cualquiera de los trozos de la vida mía; pero, en conjunto, la existencia mía fué más completa que la suya.
La mayoría de la gente supone que vivir bien es esa cosa un poco vulgar y cotidiana de comer abundantemente, de tener una casa cómoda, una familia respetable, sin ocurrírseles pensar que un intrigante, metido en un convento o en un presidio, pueda experimentar más emociones y hasta más satisfacciones que el buen hombre en su casa confortable, y que muchas veces el ciudadano rico y tranquilo que tiene motivos para ser feliz, no lo es, porque no bastan los motivos para que una cosa se realice.
EL AVENTURERO Y EL AFICIONADO
Aviraneta, con relación a mí, fué el perfecto aventurero al lado del dilettante, el maestro al lado del aficionado.
Yo siempre tuve más prudencia que él, y no olvidé jamás las dificultades de una empresa. Si a veces fuí imprudente, lo fuí a sabiendas. El, no. Era imprudente, creyéndose lleno de tino. Yo, cuando he tenido algo que realizar obscuro y sin claridad, he ido tanteando. Aviraneta marchaba a veces con una mezcla de ceguedad y de lucidez de sonámbulo. Parecía como si el mapa del país fantástico que recorría lo conociese admirablemente.
—Hay que ir de este modo y por aquí. Es lo lógico y lo seguro—decía él.
—¿Por qué?
—Porque sí. Es evidente.