Yo no veía la evidencia por ningún lado. No he podido nunca llegar a esa seguridad un poco absurda y mal fundada.

A Aviraneta, como a mí, le gustaba el movimiento, lo imprevisto, la aventura; pero él creía dominar lo fortuito, y yo, no. Su espíritu, fértil en recursos, encontraba remedio para todos los males.

Indudablemente hay algo fatal en el aventurero.

Yo, al conocer a don Eugenio, intenté imitarle, y quise ser como él; pero la corriente de la vida me fué llevando por otros caminos y terminé convirtiéndome en un señor tranquilo y burgués. He sido un hombre de suerte, y las cosas se me han arreglado siempre con relativa facilidad.

EL SUBJETIVISMO DE LA AVENTURA

No cabe duda que los mismos hechos, los mismos acontecimientos recogidos por espíritus diferentes, son absolutamente distintos, en forma tal, que lo que para uno es una aventura rara y casi absurda, para otros es un accidente vulgar y corriente de la vida cotidiana.

Las inteligencias y las conciencias son seguramente distintas unas de otras, no sólo por su contenido de impresiones venidas de fuera, sino por su esencia. Todo es individual en la Naturaleza, y como no hay dos hojas de árbol iguales, probablemente no hay tampoco dos conciencias iguales.

El dogma de la igualdad de las conciencias de los hombres es un dogma afirmativo, como los dogmas religiosos, pero no es un resultado de la observación ni de la experiencia.

El espíritu del aventurero es el que crea la aventura, más que las contingencias de la vida exterior.

LOS OBSTÁCULOS