Además del factor individual interior que nos diferenciaba a Aviraneta y a mí, había factores exteriores, y entre éstos se contaban las dificultades y obstáculos que don Eugenio había encontrado en su camino, cosa en que yo no tropecé.
En los primeros años de la vida él se había sentido comprimido por el ambiente; yo, por el contrario, marché con facilidad, y más bien ayudado por las influencias exteriores. Es indudable que los obstáculos enriquecen nuestra vida y la van moldeando.
Yo no podía tener el sentimiento de estar comprimido por el medio, porque hasta salir de San Sebastián y reunirme a Aviraneta había vivido en una obscuridad tranquila y modesta; luego, antes de tener ambiciones, me vi tratado por gente distinguida que no sólo no me pusieron obstáculos a mi paso, sino que más bien contribuyeron a limarme y a pulirme.
Yo me transformé por la acción del tiempo casi por completo. Aviraneta, no; Aviraneta fué siempre hombre de una pieza. Desde su juventud hasta la vejez siguió siendo el mismo, sin variar en nada. Para él no había posibilidad de cambio.
Le sucedía como a algunos tipos animales, como, por ejemplo, el gato, que son demasiado perfectos para evolucionar.
Aviraneta era también demasiado perfecto en su género para cambiar.
Yo, además de transformarme, tenía dudas acerca de mi vida y momentos de depresión: experimentaba muchas veces un vago sentimiento de no haber seguido una línea más recta, más pura.
Aviraneta no podía sospechar que él pudiera discurrir y obrar de una manera distinta a la que discurría y obraba.
Aviraneta era hombre de otro tiempo: había nacido demasiado temprano o demasiado tarde, probablemente demasiado tarde. En una época de absolutismo hubiera sido algo más. Tenía la base del gran aventurero, del gran conquistador, la fe en sí mismo, la voluntad tensa y fuerte. Para ser un político importante de nuestro país y nuestro tiempo le faltaba la facundia y la petulancia; para un país más adelantado que el nuestro le hubiese faltado la cultura profunda constituída con las lecturas lentas y reposadas.
Su cultura, somera como la mía, de dilettante, no podía substituír en su espíritu a esa formación honda que va creciendo y engrosando como un árbol, poco a poco, con los años.