Como decía al principio, imité a Aviraneta; quise ser como él un hombre de acción, un cabecilla. La vanagloria me seducía; me gustaba ser interesante, un poco tenebroso, asombrar, intrigar, por el placer de intrigar, demostrar la fertilidad de mis recursos.

Sistema político o moral no tenía ninguno: no había pensado seriamente en nada. En esto no me diferenciaba gran cosa de Aviraneta. En lo que sí me separaba de él era en que yo tenía un sentido de humanidad más agudo y más amplio.

Don Eugenio hubiera sido un gran ministro a la antigua: de aquellos para quienes sacrificar unos cuantos cientos de hombres en beneficio del orden no tenía importancia.

Yo no hubiera llegado nunca a eso; para mí la vida de cualquiera era respetable y no podía ser sacrificada por una idea o por una conveniencia de la mayoría.

Jugar con la vida propia me parecía cosa de valientes; jugar con la ajena es lo que me parecía ilícito.

Aviraneta era maquiavelista en la teoría y en la práctica. La gran fraseología masónica del tiempo, que giraba alrededor de los derechos individuales y sociales, le producía un gran desprecio.

—Todo eso del derecho es una farsa—le oí decir varias veces—; la moral cambia según las circunstancias y el tiempo. Las cabezas de los hombres de hoy, ni son como las de los hombres de ayer, ni serán como las de los hombres de mañana.

Unicamente el utilitarismo le atraía un tanto; pero en el fondo era un casuísta.

De ser más hipócrita hubiera tenido menos enemigos; pero hacía gala de hablar de una manera libre, cínica, y esto le restaba simpatías.