III.
PROYECTOS
Al llegar a la fonda de Iturri pregunté a una muchacha por Aviraneta; me indicó una escalera estrecha y tortuosa; subí, llamé a una puerta y pasé a un comedor, con un armario y una mesa en medio.
Había en la pared un retrato, en litografía, de Mina; una estampa iluminada con las varias edades de la existencia, y un reloj muy adornado, en cuya péndola se veía un picador recortado de hoja de lata, muy repintado, con patillas, picando a un toro, también de hoja de lata y con los cuernos de búfalo. Con el movimiento del reloj, el picador se inclinaba y clavaba la pica en el toro semibúfalo.
Salió Aviraneta y me pasó a un cuarto pequeño y blanqueado, y charlamos.
Le conté lo que se había dicho en San Sebastián acerca de él y de su conversación con el conde de Mirasol.
—¿Han dicho que hemos reñido?
—Sí.
—Pues no es cierto. El Conde me llamó por conducto del jefe político, Amilibia, muy alarmado; me pidió el pasaporte, se lo mostré; me dijo que sabía que yo era comisario de guerra, y entonces le entregué la credencial que me había dado el ministro de la Gobernación. No sé cuáles eran sus temores, pero cuando se tranquilizó me preguntó qué misión traía; se la expliqué, y él me dijo que si iba a la frontera de Cataluña me daría toda clase de noticias y de informes.