—¿Qué hace usted aquí?—le dije yo.

—¿Y usted, qué hace?

Nos echamos a reír.

—Lo mío no es ningún misterio—repliqué—: he venido a verle a Muñagorri.

—Yo también. Yo he estado hospedado en la misma casa en donde estuvo Don Carlos acompañado de Auguet de Saint-Silvain, titulado por el Pretendiente el barón de los Valles.

—¡Qué honor!

Entramos en una tienda, en donde había una muchacha muy guapa, que Cazalet conocía, y que se llamaba Pepita, Pepita Haramboure, y allí tomamos unas copas de vino blanco con bizcochos.

Cuando se fué Cazalet le pregunté a Pepita dónde podría ver a Muñagorri, y me dijo que tenía el campamento cerca del pueblo. Salí de la tienda y fuí a ver si lo encontraba. Vi en el camino a varios hombres, por su aspecto, soldados de Muñagorri. Le pregunté a uno de ellos dónde podría encontrar al jefe, y me señaló un caserío abandonado. Efectivamente, allí estaba, en compañía de otros dos hombres, moviendo con una gran cuchara un caldero de habas. José Antonio Muñagorri parecía un buen hombre. Era grueso, rechoncho, de cabeza redonda, de nariz aguileña, ojos negros y sonrisa amable.

—¿Ya ha comido usted?—me preguntó hablando con un canto de aldeano vascongado.

—No.