—No haga usted caso; aquí comerá usted mejor.

Me pareció poco cortés, pero, ya que el subordinado de Muñagorri me lo decía, me quedé allí. Le expliqué a Altuna el objeto de mi viaje; cómo venía de parte de Aviraneta, quien probablemente pasaría mis informes al Gobierno.

—Le daré a usted mi opinión sin ambages—me dijo Altuna—. Muñagorri es un hombre inteligente y un hombre honrado. Es un tipo que encontrará usted aquí en el país vasco, bueno, optimista, pero de esos a quienes se les ocurre una idea y ya no varían jamás. Su proyecto de Paz y Fueros le parece admirable.

Yo sabía que esta idea no era originalmente de Muñagorri, pues había sido inventada por un amigo y compañero de Aviraneta, don Juan Olavarría, y patrocinada primero por el ministerio Bardají, y luego por el ministerio Ofalia.

—Muñagorri no avanza—siguió diciendo Altuna—, porque en vez de luchar por una causa vieja y tradicional tiene que defender una causa nueva inventada por él. Para esto, no basta un talento corriente: se necesita genio.

—¿Y él no lo tiene?—pregunté yo.

—No, no lo tiene. ¿Quién lo tiene? Él no es capaz de cambiar de ideas, pero sí de procedimientos. En su misma vida ha cambiado: Muñagorri antes de ser fundidor era de profesión escribano; luego abandonó el oficio y arrendó varias ferrerías en Berastegui, con lo que ganaba mucho y daba de comer al país. Tampoco es un aventurero. Ha sido un hombre rico, condecorado con la cruz de Carlos III, y ahora con su empresa se ha arruinado, y sus ferrerías de Berastegui trabajan fundiendo cañones carlistas.

—Así, que el jefe no es malo.

—No, no es malo.

—Pues corre por el país la idea de que es un inepto.