—No, no es verdad. Lo que nos pasa a él y a los suyos, es que tenemos muchas dificultades. Usted sabe que se organizaron en Bayona juntas de las cuatro provincias para que influyesen en el país y ayudasen a Muñagorri. Estas juntas no han dado resultado. El Gobierno nos abrió un crédito de dos millones de reales en la casa Ardoin. Este dinero ha venido mermado. ¿Quién se ha quedado con él? Yo no lo sé. Al principio patrocinaron la idea algunos de nuestros políticos y varios prohombres ingleses. Lord Palmerston y sir Jorge Villiers escribieron a lord John. Hay para que nos favoreciese. Hoy ya no se acuerda nadie de nosotros, y únicamente el general Jáuregui nos alienta. El cónsul Gamboa trabaja contra nosotros. En Bayona, las autoridades del Gobierno cristino nos han tratado como criminales y desertores. El subprefecto daba noticias a los carlistas de lo que hacía Muñagorri. Al cónsul esto le parecía muy bien.
—Es que este Gobierno español y sus empleados son de una incapacidad tan extraña, que llega a lo ridículo—dije yo.
—Parecen agentes de los carlistas. No nos favorecen los liberales, y los carlistas nos odian. El general Iturbe, que estaba comprometido, se ha puesto francamente en contra de la empresa. Los carlistas han empleado toda clase de recursos contra nosotros. El canónigo Batanero ha pedido para Muñagorri y su gente la excomunión. Necesitaríamos alguien que consultara con los generales cristinos y nos indicara sus intenciones.
—Yo no puedo hacer eso.
Le dije a Altuna que, pasadas un par de semanas, tenía el proyecto de ir a San Sebastián para enterarme allá de qué pensaban los generales de la Reina de la empresa de Paz y Fueros.
—Escríbanos usted con detalles el resultado de su entrevista—me dijo él.
—Lo haré, no tenga usted cuidado.
Volvimos Altuna y yo al campamento de Muñagorri.
CANCIONES
Había concluído de comer Muñagorri con quince o veinte de sus partidarios, y un viejo cantaba una canción en honor del caudillo fuerista, que comenzaba así: