—Segurísimo. O'Donnell es un hombre impasible, impenetrable; le oirá a usted muy amablemente, le preguntará lo que usted opina, le escuchará con mucha atención, y cuando usted intente averiguar lo que cree él de esto o de lo otro, sonreirá y pasará a otro asunto. Además, esa cuestión de Muñagorri es un punto que no le gusta tratar.

—Entonces no le preguntaré nada.

—¿Usted es de Vera?—me preguntó Jáuregui.

—Sí.

—¿Quiere usted venir al reconocimiento que vamos hacer en su pueblo?

—Con mucho gusto.

—¿Dónde para usted?

Le di mis señas en San Sebastián.

—Bueno, yo le avisaré a usted.

Llegamos a Urnieta. Urnieta tenía todavía las huellas de la batalla dada por O'Donnell el otoño pasado, que había costado el incendio casi total del pueblo. Dejé a Jáuregui en una casa próxima a la iglesia, y entré yo en una taberna, donde pedí una botella de sidra. En la taberna había un hombre manco y tuerto, con una blusa larga, que llevaba un montón de papeles bajo el brazo. Tenía el hombre aquel cierto aire de sacristán y una voz un poco aguda. Hablamos.