Por la mañana, nos levantamos, y, a la hora de la diana, tomé yo mi caballo, y, con mi impermeable y mi sombrero de hule, seguí a la comitiva de Jáuregui. Nos encaminamos hacia la peña de Aya, pasamos por la ermita y la ferrería de San Antón, por el mismo camino por donde fueron las tropas de Wéllington y donde murieron despeñados muchos soldados y oficiales ingleses. A media tarde llegamos a los montes próximos a Vera, y allí se acampó.

Ganisch me llevó al barrio de Zalaín, próximo al Bidasoa, al caserío del cabecilla Gamio.

Gamio fué el capitán de una partida liberal que, en una correría a Zugarramurdi, mató al coronel carlista don Rafael Ibarrola. Al volver de la expedición, el mismo día, Gamio fué visto por una patrulla carlista cuando descansaba, a la puerta de un caserío, con sus partidarios, y le soltaron una descarga cerrada y lo mataron. En Vera se había confundido el hecho y se creía que la muerte de Ibarrola era debida a mi tío Fermín Leguía, que por entonces estaba en Cuenca.

Me recibieron muy bien en el caserío de Gamio, el hijo y las hijas del partidario liberal. Cenamos espléndidamente, y tuvimos baile después de cenar. Por la mañana me presenté en una chavola de Alcayaga, en donde estaban reunidos Jáuregui, O'Donnell y otros jefes.

—¿Qué ha hecho usted?—me preguntó Jáuregui.

Le conté cómo había pasado la noche.

—Es usted un hombre de suerte.

No acababa de decir esto cuando una granada dió en la puerta de la chavola y la hizo polvo, y uno de los cascos pasó por encima de mi cabeza.

Nada; no tenía duda. Era un hombre de suerte.