Los carlistas sabían ya dónde estaban los generales enemigos, y disparaban allí.

Salimos fuera; O'Donnell, Jáuregui y los oficiales del Estado Mayor montaron a caballo, y yo hice lo mismo, y lucí mi impermeable y mi sombrero de hule.

El tiempo estaba malo: llovía y venteaba.

El Bidasoa venía muy crecido.

—Vamos a ver—me dijo Jáuregui—, ¿cómo pasaremos mejor el río?

—¡Supongo que no querrán ustedes forzar el puente!

—No.

—El hacerlo costó mil bajas a los franceses en 1813 y la pérdida del general Vander-Maesen, que murió aquí.

—¡Tantas bajas hubo!—exclamó Jáuregui—. No lo sabía. Por entonces, yo estaba herido en Cestona; por eso no pude tomar parte en la batalla de San Marcial.