—Por lo que he leído, si no murió más gente francesa fué porque un jefe del batallón, Lunel, se colocó en esta orilla y cañoneó esas dos casas de enfrente y el fuerte de ese alto, llamado Casherna.
—Es curioso. Desechada la idea de forzar el puente hay que intentar atravesar el río por otro lado. ¿Por dónde le parece a usted mejor?
—Por aquí, aguas arriba, se puede ir hasta el puente de Lesaca, por donde pasaron los ingleses de Wéllington en 1813. El puente quizá esté fortificado por los carlistas.
—Sí.
—¿Y el de Endarlaza?
—Lo mismo.
—Entonces, creo que lo mejor es que algunos de sus hombres vayan a Zalaín, saquen la barca, que quizá la tengan escondida los campesinos, y vayan pasando y fortificándose en la otra orilla.
Jáuregui conferenció con O'Donnell; decidieron esto y fué marchando hacia Zalaín un grupo y después una compañía de chapelgorris, que cruzó luego el río.
La situación respectiva de carlistas y liberales era ésta; ellos tenían algunas fuerzas en el pueblo, varios tiradores en dos casas situadas no muy lejos del puente, una de ellas llamada Dorrea, y otra que era una antigua hospedería de peregrinos de Roncesvalles; tenían fortificado el puente, unas compañías en un fortín de un alto llamado Casherna y patrullas en el monte de Santa Bárbara. Los nuestros estaban en un barrio de Lesaca, de nombre Alcayaga, y diseminados por el monte Baldrún y por la orilla del río.
Para distraer a los carlistas se hizo un simulacro de atacar el puente y se enviaron varias compañías hacia Lesaca. Se cambiaron cañonazos de un lado y de otro y, al mediodía, los chapelgorris se apoderaron de las primeras casas del pueblo.