Mil resentimientos y rivalidades corroían el campo carlista; verdad es que en el liberal ocurría lo propio.
A principios de septiembre, Maroto consiguió derrotar en el Perdón al general cristino Alaix, y con la victoria el prestigio suyo aumentó entre las tropas.
Los soldados eran grandes entusiastas de Maroto. Se decía que cuando no había dinero para pagarles, Maroto lo buscaba, y que cuando no llegaba a encontrarlo lo daba de su bolsillo.
Por entonces el nuevo jefe hizo que se comenzaran a formar sumarios para encontrar a los promotores de los motines militares y a los autores de los complots que se fraguaron contra la vida de los hojalateros y de los castellanos, como el que produjo la muerte del brigadier Cabañas.
Resultaban cómplices varios sargentos y oficiales, pertenecientes a los batallones navarros, mandados por los generales Guergué, Sanz, García y Carmona, que eran los representantes del fanatismo clerical y del navarrismo.
Estos generales tenían mucho apoyo en la corte de Don Carlos, y Maroto, al notarlo, no sólo no siguió en su campaña con los Tribunales militares, sino que ni aun siquiera se atrevió a procesar a los oficiales complicados en este asunto, y mandó que, hasta nueva orden, se suspendieran las causas, de miedo de que el elemento fanático y clerical se le echara encima.
No por eso dejaba de pensar en el castigo, buscando la ocasión oportuna, porque el nuevo general era rencoroso y tenaz.
ESPARTERO
Así como Maroto aparecía a la cabeza de una fracción carlista, Espartero, por entonces, era jefe adicto a la Reina Gobernadora, y, dentro de las filas liberales, no estaba afiliado ni a los moderados ni a los progresistas.