Me chocó mucho esto. Supe que aquel hombre, a quien había sorprendido espiándome, vivía en mi hotel, que salía poco, y que no venía nadie a visitarle.
Hice por verle. Era un hombre pálido, delgado, marchito, con los ojos grandes, obscuros, y el bigote negro. Vestía un tanto raído. Salía del hotel casi siempre al anochecer, entre dos luces; así que no se le notaba apenas. Comía en la segunda mesa. En el hotel pasaba por llamarse Manuel González y ser carlista.
Como tenía bastante confianza con Vidaurreta, el canciller del Consulado español, le pedí se enterara de la vida de aquel pájaro crepuscular, pero no averiguó nada. Había varios González inscritos en el Consulado español: el uno, comerciante; el otro, obrero; pero ninguno de ellos era mi espía.
A este hombre le llamaba yo el Murciélago. El Murciélago y yo teníamos el uno por el otro una manifiesta antipatía de perro a gato y de gato a perro. Cuando nos encontrábamos en la escalera no nos saludábamos; él me miraba con una indiferencia desdeñosa, y yo hacía al verle, deliberadamente, un gesto de molestia y de desprecio. Como por instinto, nos sentíamos hostiles.
El debía ser del grupo carlista exaltado; lo vi alguna vez hablando con el inglés Mitchel, que era el jefe en Bayona del partido antimarotista, como el marqués de Lalande era el director del marotista. Otra vez, de noche, vi al Murciélago que charlaba con la Condesa, una de las corredoras de la Falcón.
LA CAJA SOSPECHOSA
Un día me mandaron una cajita de dulces a casa. Era una caja muy bonita, con unas cintas azules.
El mozo del hotel me dijo que venía de parte de una señora que no había querido dar su nombre. Al principio pensé si sería de madama D'Aubignac, pero me chocó. ¿Quién podía enviarme aquello?
Abrí la caja, e iba a comer uno de los bombones, cuando me asaltó la idea del envenenamiento.
Miré la caja: no tenía etiqueta ni indicación alguna de dónde venía.