—Yo conozco a esta señora—me dije—, pero ¿de qué? No recordaba.

Pensé que quizá la habría visto en Bayona. Fué toda la comitiva al Ayuntamiento, una casa torre antigua colocada en un cerro y separada del caserío del pueblo. El párroco leyó un discurso, y el obispo contestó con una plática. Le estuve observando mientras hablaba. Le conocía de casa de madama D'Aubignac, donde se manifestaba burlón y mundano. Allí, en Ezpeleta, tomaba un aire místico, pero su actitud, indudablemente, era una comedia.

Cuando concluyó su plática, la gente gritó: ¡Viva monseñor!; y el público comenzó a agitarse y a dispersarse.

FERMINA LA NAVARRA

En aquel momento vi, de frente, a la señora morena que me llamó la atención. Era la misma que había visto salir de Laguardia con Aviraneta y que Zurbano hizo comparecer ante su presencia. Era Fermina la Navarra, casada con Vargas.

Ella me reconoció también en seguida y me mostró disimuladamente a un grupo de hombres que, por su aspecto, me parecieron españoles y carlistas. Efectivamente; poco después advertí, entre ellos, a mi vecino de hotel, el Murciélago. Como veía que me espiaban, me retiré a la posada. Le pregunté al tabernero Otharre.

—¿Oiga usted: una señora morena española, de negro, vive aquí?

—Una guapa. ¿La señora de Vargas?

—Sí.