—Suele venir con frecuencia, pero no creo que vive en el pueblo. Es carlista y conoce en Ezpeleta mucha gente.
—¿Por aquí habrá mucho carlista?
—Naturalmente. Van y vienen como usted.
El tabernero, sin duda, me había tomado por carlista.
EL PICADOR
A media tarde apareció García Orejón en la taberna del Compás de Oro, en compañía de Otharre. Era un hombre alto, grueso, fornido, de unos cuarenta años. Había sido picador de caballos; tenía la cara curtida, amarillenta y marcada por las viruelas; las piernas, arqueadas. Usaba bigote largo, negro y caído. Era un poco calvo; tenía los ojos brillantes, la mirada obscura, de través, y los labios gruesos.
—Hablaremos por el camino—me dijo el Picador.
—Aparejaré el cochecillo que he traído e iremos en él.
—No; no me conviene que nos vean juntos. Yo iré por esta carretera, a pie, y usted me recoge al paso. Si no tiene usted prisa, me lleva usted hasta Añoa.
—Muy bien.