Lo hice así, y salí del pueblo por el otro extremo de donde había entrado. Encontré a poco a Orejón, que montó en el tílburi, y fuimos despacio.

El Picador no me dijo, naturalmente, nada nuevo; pero me dió más detalles de las cuestiones. Me habló de la lucha envenenada entre Maroto y Arias Teijeiro, del odio de Guergué y de García contra Maroto, que ya no se velaba, y de la actitud levantisca de muchos oficiales y sargentos partidarios de los presos de Arciniega. El fusilamiento del capitán don Felipe de Urra, amigo de los presos, ordenado por Don Carlos, después del primer motín de Estella, había exasperado a muchos carlistas.

Orejón me aseguró que el ejército estaba inquieto, hambriento, sin cobrar una paga.

—Con poco dinero—dijo—sería fácil provocar disturbios e insurrecciones: siempre pidiendo las pagas.

—¿Qué dinero necesita usted para empezar?

—Unos tres mil duros.

—Se le girarán cuanto antes.

—No sé—añadió—si podré ir inmediatamente a Estella, porque me han denunciado a Maroto como uno de los cómplices del último motín militar y como partidario de la abdicación de Don Carlos y de la proclamación de su primogénito. He estado unos días escondido en una casa del Roncal. Me enteraré. Si no puedo ir yo en seguida, mandaré a una mujer.

—Yo conozco a una roncalesa de mucho brío.

—Será la misma, Gabriela.