Llegamos a Añoa, entramos en un café, titulado A la Cita de los Cazadores; saqué yo papel y pluma y me puse a escribir el informe. Cuando lo concluí entregué la minuta a Orejón, quien se puso unos anteojos y la leyó muy atentamente. Hizo algunas observaciones y dió su beneplácito. Inmediatamente se levantó; dijo que tenía prisa. Antes de salir del café miró a derecha e izquierda, y cerciorado de que nadie le seguía, se marchó a la carrera, y desapareció en la penumbra del crepúsculo.
Me dejó la impresión de hombre obscuro, misterioso, hundido en el fango: un hombre de pesadilla.
Iba a montar en el cochecito para volver a Bayona, cuando vi venir por la calle del pueblo una cabalgata de diez a doce hombres vestidos de mujer, montados en burros, adornados de vejigas y de cencerros, al son de un tambor y de un pito.
—¿Qué pasa?—le pregunté al mozo del café.
—Nada; una tontería. Que van a hacer una cencerrada, un charivari, dedicado a un español.
—A un español, ¿y por qué?
—Ha habido aquí un ex oficial carlista que se casó con una muchacha del pueblo y se llevó la cuñada a su casa, y al cabo del año ha resultado que la cuñada ha quedado embarazada, y la mujer, dicen que, de rabia, le ha pegado al marido. Para celebrar esto han inventado este charivari.
—¿Y está aquí el español?
—No; se ha ido. Estas cosas están prohibidas por la policía, pero como los gendarmes se han marchado a Ezpeleta, los del pueblo se aprovechan.