La función se celebró en un escenario improvisado en un gran portal. En medio, en unos bancos, se colocaron los hombres vestidos de mujer, que representaban las Basa-andriac (mujeres del bosque) que tenían que juzgar el caso.

Estas Basa-andriac eran tipos grotescos, tipos de borrachos del pueblo, con caras maliciosas y ojos burlones. Llevaban faldas, enaguas, pañuelos en la cabeza, y estaban armados de escobas.

Al lado de estas damas estaban sus maridos, vestidos de pieles y con sus correspondientes cuernos.

El mozo del café me indicó, entre las Basa-andriac, el barbero del pueblo, el alpargatero, el sacristán, el que hacía las chisteras para jugar a la pelota, y el zapatero. La obra que se iba a tener el honor de representar era del sacristán Dominique Elissalde de Elissagaray, en colaboración con el barbero Juan Pedro de Irumberry.

Irumberry tenía fama de ingenioso desde que mandó pintar la muestra de su barbería. Esta muestra representaba un hombre a punto de ahogarse, a quien otro socorría y sujetaba por el pelo; pero el salvador agarraba de unos pelos falsos al que estaba a punto de ahogarse, y no le salvaba, porque el hombre llevaba peluca. Debajo de esta pintura estaba escrita la leyenda: «Al inconveniente de las pelucas». Algunos decían que Irumberry no era original y que había copiado su muestra.

El presidente de las Basa-andriac hizo sonar un cencerro, y gritó:

—Se abre la sesión; que entre el procesado.

Entonces pasaron al escenario dos abogadas, con togas de percal negro; dos gendarmes, el español, su mujer y su cuñada, todos terriblemente caricaturizados. El español, que se llamaba nada menos que el señor Garbanzón, tenía una cara estilo Zumalacárregui: patillas negras, entrecejo sombrío, un tricornio de papel en la cabeza y una espada de madera.

El señor Garbanzón miraba a derecha e izquierda de una manera siniestra, apoyándose en la espada, y decía a cada paso:

—¡Mil rayos! ¡Mil bombas! ¡Mil truenos! ¡Por el vientre del Papa! ¡Le voy a comer a uno los hígados!