El que hacía de esposa del señor Garbanzón era un hombre muy alto, muy flaco, con una peluca y un lazo de color de rosa en la cabeza; y la que hacía de su cuñada era un hombre bajito, vestido con falda corta, con el pecho lleno de trapos, y el trasero lo mismo, y un muñeco, al que cantaba y hacía como que daba de mamar. Comenzó el juicio con el interrogatorio del acusado. El señor Garbanzón contestaba a las preguntas con aire de malhumor.

—¡Levántese el procesado! ¿Cómo se llama usted?—le preguntó la presidenta.

—¡Mil rayos! ¡Mil bombas! ¡Mil truenos! ¡Por Satanás! Me llamo don Pepito Garbanzón de los Prados.

—¿Qué profesión tiene usted?

—¡Rayos y centellas! ¡Por los cuernos de Lucifer! Soy oficial del ejército de Su Majestad Católica Don Carlos de Borbón (aquí saludó con el sombrero de papel), rey legítimo de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén...

—Bueno, bueno.

—De Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia...

—Ya, ya, comprendido.

—De Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba...

—Bien. Bien.