—De Córcega, de Murcia, de los Algarbes, de Algeciras...

—¡Basta! ¡Basta!

—De Gibraltar, duque de Atenas y de Neopatria; conde de Barcelona, señor de Vizcaya...

—¡Socorro! ¡Socorro!—gritó la presidenta—. Ponedle, como a las barricas de sidra, un tapón de barro.

Le taparon la boca, y el señor Garbanzón siguió mascullando su retahíla hasta que la acabó.

—Está bien, don Pepito—le preguntó la presidenta—; y ahora, aquí, en confianza, ¿usted por qué abandonaba a su mujer e iba a la cama de su cuñada?

—¡Mil rayos! ¡Mil terremotos! ¡Por el ombligo de Buda! Mi cuñada es más gordita; en cambio, mi mujer no tiene nada.

—¡Que no tengo nada!—gritó el que hacía de mujer propia—. ¡Cochino! ¡Cerdo! ¡Que no tengo nada!—y mostró un pecho negro y peludo—. ¿Qué es esto entonces?

—Eso es una piel de oso.