—En cambio, ésta está más gordita—dijo don Pepito.

La cuñada se levantó del banco con su muñeco en brazos y mostró su pecho, enorme, lleno de trapos, y su trasero, igualmente enorme, y dió una vuelta de bailarina.

—¡Mil rayos! ¡Sangre y centellas! ¡Por las barbas de Lutero! Esto ya es otra cosa—dijo el señor Garbanzón pellizcando en el trasero a la supuesta cuñada.

—¡Me va a dar algo! ¡Me va a dar algo!—gritó la mujer propia agitándose de una manera violenta, abanicándose y rugiendo, y tirando el lazo de la cabeza al suelo, y pateándolo con unas botas como dos gabarras.

La cuñada del señor Garbanzón comenzó a mecer y a cantar al muñeco la canción Lo, lo, lo; pero la mujer legítima le quitaba el niño iracunda, y decía que era suyo. Le quería dar de mamar, le ponía cabeza abajo y terminaba por ponerle el dedo en la boca para que chupara.

Después de una porción de disparates y de absurdos se dilucidó el punto de si la mujer de don Pepito le había pegado a su marido con un palo o con una caña, y si le había dado en la cabeza o en la espalda.

—¿Cómo le ha pegado usted?—le preguntó la presidenta a la mujer propia.

—Pues le he pegado así—y le dió cuatro o cinco cañazos al señor Garbanzón.

—¡Rayos y centellas! ¡Por los hígados de Mahoma! No ha sido así—dijo don Pepito.

—Pues, ¿cómo ha sido?