—Así—y don Pepito cogió la caña y arreó una tanda de cañazos a su mujer.
Luego se mezclaron los gendarmes en la contienda y éstos recibieron los golpes de don Pepito, de su mujer y de su cuñada.
LA SENTENCIA DE DON PEPITO
Después de aclarado este punto, la fiscala y la defensora soltaron dos discursos grotescos, y la presidenta preguntó a las Basa-andriac.
—El señor Garbanzón de los Prados, ¿es culpable de haberse acostado con su cuñada y haberle hecho un pequeño Garbanzón?
—¡Sí, sí!—aullaron todas las Basa-andriac.
—Madama Garbanzón de los Prados, ¿es culpable de haber dado con una caña o palo u otro objeto contundente uno o varios golpes a su marido al saber lo que ocurría en su casa?
—¡Sí, sí!—volvieron a aullar las bacantes.
Después de esta deliberación la presidenta leyó la sentencia: