Vinuesa me preguntó varias veces por Aviraneta y por lo que hacía. Yo le contesté con prudencia.

Llegamos al merendero, y almorzamos muy bien. Al final del almuerzo se presentó Pinterdi, ató la maleta al caballo e invitó a subir a Vinuesa. Este me recomendó que fuera a ver a su mujer con frecuencia, para tranquilizarla.

LA DAMA ALEMANA

Dos días después, por la noche, fuí a ver a la señora de Vinuesa y a decirle que su marido había llegado bien a España. Me encontré a la dama indignada, furiosa, contra su marido.

—Mi marido es un imbécil, un mentecato—me dijo—; me ha traído aquí engañada diciéndome que volvíamos a España, y se va porque le ha llamado Don Carlos. ¿Ha visto usted nada más estúpido? Un hombre viejo, como él, me separa de los hijos, que he dejado en Madrid, y me deja aquí sola para ir a ver a Don Carlos. No se lo perdono. Hasta ahora no le he engañado, pero de ahora en adelante, sí. Pienso tener amantes.

—¡Señora!

—Sí, sí; estoy decidida. Vea usted lo que tengo aquí—y me enseñó una botella de Champaña y unas pastas—. Es para animarme. Abra usted.

Abrí la botella y bebimos dos copas.

—A ese viejo imbécil de mi marido le tengo que engañar. Eche usted más vino, y beba usted.

Bebimos más. Ella empezó a reírse a carcajadas.