—Entraríamos a la fuerza; y si alguno se oponía le pegaríamos un tiro.

—Muy bien.

—Allí, naturalmente, no había de ser cosa de dar oídos a ruegos y lágrimas.

—¿Y usted no cree que alguno de los chapelgorris, al ver que se trataba de prender a Don Carlos, no se echaría atrás?—preguntó Aviraneta.

—¡Ca! Nuestros chapelgorris—exclamó Elorrio—le tienen un odio a Don Carlos terrible. Si se defendiera, le aplastarían como a una rata.

—Bueno; supongamos que ya han entrado ustedes en la casa del duque de Granada y han preso a Don Carlos y a su hijo, ¿qué haría usted después?

—Los montaría en unos caballos.

—¿Los habrá?

—Sí, los hay en casa del duque de Granada; y en dos o tres horas, por la carretera, de noche, llegaríamos a Zumaya. Cuando se enteraran los carlistas del suceso, estaríamos embarcados.