En la villa guipuzcoana no había alrededor del Pretendiente, de su mujer y de su hijo mas que una corte de ministros y empleados, frailes y oficiales hojalateros de poco cuidado. Añadía que Alzate le indicaba que fuera a San Sebastián a ponerse de acuerdo con ellos y a visitar a lord John Hay. Don Eugenio no podía ir. Vidaurreta le había dicho que si entraba en España le prenderían.
No tenía más remedio que delegar la misión en mí. Fuí al día siguiente a ver a Aviraneta, y me dió unas cuartillas con el plan, y me hizo algunas observaciones.
—Si el comodoro dice que sí, avísame en seguida. Temo un poco de Elorrio y de sus chapelgorris. No sé si serán lo suficientemente violentos. El guipuzcoano no es cruel y se deja convencer con facilidad.
—Primero, veamos si el comodoro acepta—dije yo.
—Tienes razón.
Marché a casa y leí el plan; decía así:
«Teniendo yo, como tengo, la convicción de que es fácil apoderarse del Pretendiente mientras se encuentra en Azcoitia, pues no dispone allí de tropas que le defiendan, he ideado este proyecto.
Se pondrán de acuerdo lord John Hay, el general don Gaspar de Jáuregui y el jefe político de la provincia, don Eustasio Amilibia, para concertar el mejor modo de poner en ejecución el plan.
Estará listo un cuerpo de chapelgorris de doscientos hombres en Rentería o Lezo, dispuesto a embarcar a la primera orden, y cincuenta soldados escogidos entre los chapelgorris por el sargento Elorrio.