—¿Podemos saber por qué?—le pregunté yo.
—Porque yo no puedo ser más español que los españoles, ni más cristino que los cristinos. He favorecido la empresa de Muñagorri pensando que hacía un beneficio a la causa de la Reina, y el general O'Donnell y el cónsul de Bayona se han quejado, y han hecho todo lo posible para que la empresa de Paz y Fueros no tenga el menor éxito. Los generales españoles son como el perro del hortelano.
Les traduje a Jáuregui y a Amilibia lo que decía el lord.
—Hay que reconocer—dijo Jáuregui—que el pensamiento de Muñagorri era más obscuro y más vago que lo que le proponemos a usted.
—¡Si el proyecto me parece magnífico!—exclamó el lord—. Si usted, Jáuregui, fuera el comandante general de la provincia, no tendría usted mas que fijar el día para que las fuerzas navales de su Graciosa Majestad saliesen para Zumaya; pero el comandante es el brigadier Araoz, y mi Gobierno me ha mandado varias veces que no obre mas que en colaboración con las autoridades españolas. Si ustedes traen el consentimiento de Araoz, inmediatamente salimos.
Se pensó en visitar al brigadier Araoz, pero no teníamos atribuciones de Aviraneta, y decidimos, primero, consultar con éste.
Lord John me ofreció una escampavía de la marina real inglesa para ir a San Juan de Luz, y fuí, hecho un personaje, acompañado de un oficial, a desembarcar en Socoa.
De allí mandé una carta a Aviraneta contándole lo ocurrido y diciéndole que esperaba sus órdenes.
Al día siguiente recibí la contestación:
«El proyecto hay que darlo por muerto—me decía—. Con la burocracia del Ejército sería un fracaso ridículo. Los militares quieren acabar la guerra con batallas, y no pueden; pero, a pesar de ello, el pensar en otro sistema para traer la paz les irrita. Consideran que es el reconocimiento de su impotencia. Hoy mismo le he escrito al ministro lo que pasa, y por qué no se ha podido realizar mi plan. Otra cosa, aunque no tiene gran importancia: si no te viene mal, vete a ver el campamento de Muñagorri, próximo a Endarlaza, a ver qué es eso.»