—Sí.
La chica me dijo que era novia de uno de los soldados de Muñagorri, un muchacho francés, de Biriatu, a quien había conocido en Sara.
Era Pepita una chica bonita, de ojos negros; hablaba vascuence, con gracia, y tenía, al hablar, como un sobrealiento muy característico de su pueblo. Me dijo que llevaba ropa para su novio.
Pasamos la chica y yo a la orilla española, y saltamos a tierra. Había entre el río y el fuerte de los muñagorrianos una distancia de trescientos o cuatrocientos metros de campos de maíz, con cañaverales, que servían para esconderse los contrabandistas, pues el sitio era estratégico para el contrabando.
Fuimos andando hasta llegar a Lastaola. Esta era una casa vieja, probablemente una antigua ferrería, con muy pocas ventanas.
Tenía en los alrededores una explanada fortificada, con una muralla de palos y tierra; ocho tiendas de campaña y dos piezas de artillería.
El centinela nos dió el alto e hizo llamar al oficial de guardia, el capitán Jauariz, a quien expliqué yo el objeto de mi visita y el de la muchacha. El oficial nos recibió de malhumor y me dijo que nos iba a detener.
—Bueno; haga usted lo que quiera.
—Aquí están viniendo a cada paso agentes para provocar la deserción de nuestros soldados.
Yo le dije que era amigo de Muñagorri y de Altuna y partidario de la empresa de Paz y Fueros. El hombre no se convencía, cuando vino el capitán Brunet, que mandaba los muñagorrianos que estaban acampados en las inmediaciones de Lastaola, y me dió la razón.