—¿Tiene usted algo que hacer?—me preguntó Valdés.

—No.

—Pues entonces venga usted esta tarde a buscarme e iremos a algunas casas del faubourg Saint-Germain, donde le presentaré a usted.

GRANDEZAS

Después de dar un paseo por los bulevares tomé un coche, le recogí a Valdés y fuimos a la calle de Babilonia, a casa del marqués de Fronsac. Como Valdés era un cínico y sabía que un título venía muy bien en aquel medio, me presentó como el barón de Leguía.

Según me dijo luego Valdés, tuve un éxito entre las damas; me habían encontrado muy gentil; les había chocado que un joven español hablara el francés tan correctamente.

Una de las mujeres que me produjo un gran entusiasmo fué una marquesa austriaca, la marquesa Radensky. Era una mujer encantadora. Tenía unos ojos azules brillantes y una dentadura que mostraba, al sonreír, como una ráfaga de nieve.

Esta marquesa me dijo que fuera a visitarla, aunque no tenía una buena casa.

Valdés, luego, me indicó que estaba separada del marido y sostenida por un banquero de Viena, que vivía en París.

Salimos Valdés y yo del hotel y fuimos a un pequeño restaurante de la calle del Bac, donde comimos muy bien.