—¿Usted piensa ir al teatro?—me dijo Valdés.

—Yo, no. No tengo dinero para grandes gastos.

—Sí, vale más reservarse. ¿Me puede usted prestar dos luises?

—Sí.

Se los presté, y hablamos de la marquesa Radensky. Valdés me dijo que si quería hacerla la corte le enviara un ramo de flores con mi tarjeta.

Nos despedimos Valdés y yo y nos citamos para el día siguiente, a la hora de comer, en el restaurante de la calle del Bac.

Cuando me encontré en mi cuarto y se me fué un poco la sensación de las grandezas y pensé en si el primer día habría sobrepasado mi presupuesto de treinta francos diarios, vi que había gastado entre las comidas, el coche y el préstamo a Valdés, más de cien francos, sin contar el hotel.

Me quedé un tanto asombrado.

—Tenía razón don Eugenio: hay que separar el dinero para el viaje y cien francos más, y darlo como si no existiera.

Efectivamente; envolví unos billetes en un papel, los metí en el bolsillo interior de una chaqueta y cerré el bolsillo con dos alfileres.