Al día siguiente envié un ramo de flores a la marquesa austriaca y fuí con Valdés a otras casas del faubourg Saint-Germain.

Pasado el primer momento de entusiasmo, empecé a pensar que este barrio aristocrático no me parecía tan admirable como yo había supuesto. Yo me lo había figurado más suntuoso, más rico. Además creía que iba a encontrar en aquellos palacios los tipos de Balzac, que, naturalmente, no han existido mas que en la imaginación del novelista.

—Oiga usted—le dije a Valdés—, ¿Balzac no ha tomado datos en el faubourg para escribir sus novelas?

—No. Aquí nadie le conoce. El, como todos los grandes escritores, inventa su mundo. Se ha hablado mucho de Balzac en el faubourg, tiene grandes entusiastas y algunos detractores, pero nadie le conoce; parece que vive encerrado, trabajando febrilmente.

—¡Qué extraño!

—Extraño, no. Si quisiera escribir la realidad, no podría; haría una cosa vulgar, pedestre.

—Me desilusiona usted. Allí, en nuestras tertulias de Bayona, suponíamos que el gran escritor estaría siempre en los salones de la alta sociedad.

—Entonces no escribiría nada.

—¿Pero no tiene carácter esta gente?

—¡Pse! ¡Qué sé yo! En estos pueblos viejos, grandes, de una cultura antigua, que ha penetrado hasta las últimas capas sociales, es muy difícil diferenciarse. Yo suelo ir, cuando ando mal de dinero, lo que es más frecuente de lo que yo desearía, a comer a un fonducho pobre, y la dueña de la casa, que es de Orléans, habla un francés tan puro, tan académico, que la llevaría usted a un salón y parecería una duquesa.