—¿Así que usted cree que este barrio no tiene un espíritu distinto del resto al pueblo, un carácter especial?
—Hay mucho de literatura en eso. Aquí, como en todas partes, lo esencial es igual. Si es usted joven y rico le harán más caso que si es usted viejo y pobre. Lo único que varía es la política. Aquí hacemos política realista, como en otros barrios se hace republicanismo o justo medio. Las damas de la burguesía se citan con sus amantes en las soirées, en el bosque de Boulogne y en el teatro; nuestras damas tienen, además de esto, como punto de cita, las iglesias y las sacristías. Ahora, si quiere usted seguir un consejo mío, se lo daré gratis: Si tiene usted amores con una gran dama de éstas, piense usted que no se diferencia en nada de una costurera o de una peinadora, y en novecientos noventa y nueve casos sobre mil acertará usted.
LA AUSTRIACA
El consejo de Valdés lo puse en práctica con mi marquesa austriaca, que se encontró encantada de que yo la tratara sin el menor respeto.
Era una mujer admirable, graciosa, imprevisora, capaz de cualquier cosa buena y de cualquier cosa mala, con un espíritu de alegría y de bohemia verdaderamente loco. Aceptó mis cenas, fué varias veces a mi casa, hizo extravagancias, y a los quince días me encontré yo, con sorpresa, que no tenía más dinero que doscientos francos y lo que había guardado en el bolsillo de la chaqueta.
—Haciendo la vida que hago—me dije—, este dinero no me llega para dos días. Voy a exponerme. Voy a jugar mis doscientos francos.
Había oído que en la plaza del Palais Royal había casas de juego. Fuí allí y encontré una ruleta. Dividí mi dinero en diez puestas de un luis cada una y fuí poniéndolas a un entero. En diez vueltas, casi seguidas, perdí los doscientos francos.
Fuí a ver a Valdés, a pedirle los cuatro o cinco luises que le había dado; pero me dijo su ama de llaves que no estaba en casa, y le escribí. Pensé luego qué podía hacer, y comprendí que lo mejor era marcharme.
Le escribí una carta a la austriaca diciéndola que mi familia me llamaba urgentemente y que no tenía más remedio que volver a mi país.
Ella me contestó alegremente diciéndome que arreglara pronto mis asuntos, y que volviera. Añadía que me sería fiel si no tardaba mucho tiempo.