Me avergonzaba un poco la vuelta prematura a Bayona, porque Aviraneta se reiría de mí, y pensé en irme a Burdeos y pasar allí unos días.

Estaba en esto, cuando vino Valdés a verme. Me dijo que no tenía un cuarto, que no podía devolverme lo que le había prestado, pero que me llevaría a comer a un restaurante donde a él le fiaban y, probablemente, me fiarían a mí.


XVI.
LOS CHAPUZONES DE VALDÉS

Valdés vivía ordenadamente en su casa de la calle Saint-Honoré. Tenía una criada vieja, que le cuidaba y le consideraba como a un joven doncel. Le arreglaba la casa, le hacía la comida, le componía la ropa, le zurcía las medias y le cepillaba las botas.

Este interior respetable y burgués del solterón naufragado y perdido, era gracioso. Allí, en su casa, Valdés era un hombre serio, reposado, de ideas sensatas, que tenía que luchar con la inmoralidad del ambiente de París.

Valdés tenía épocas de penuria que se repetían periódicamente, al año, dos o tres veces.

Entonces avisaba en su casa de la calle de Saint-Honoré que tenía que marchar a España, y se iba a un hotel miserable de la calle del Dragón, diciendo allí que venía de Madrid.

Cuando se marchaba el señorito, la vieja ama de llaves se arreglaba para vivir en la casa con un franco al día.