Estuve en el hotel del Dragón para ver la nueva vivienda de Valdés. El hotel tenía una entrada sórdida, negra, maloliente, en la que olía a caldo de berza y a queso fermentado. El amo de este hotel, antiguo afiliado al carbonarismo, reservaba un cuarto a Valdés porque le creía un gran revolucionario.

Valdés, en estas épocas de penuria, comía en el Restaurant des Gourmets, de la calle de la Barouillère.

Así, durante una temporada, desaparecía en esta vida miserable, hasta que cobraba, y volvía a salir a la superficie y al fausto. Gracias a esto conservaba su prestigio de hombre rico y elegante de la calle de Saint-Honoré y del faubourg Saint-Germain.

CAMBIO DE ROPA Y CAMBIO DE ESPÍRITU

En estas malas épocas Valdés utilizaba los trajes viejos que ya no le servían en su avatar brillante, y tomaba un aire de miseria perfecto. El redingote raído, los pantalones deshilachados, las botas deformadas, el sombrero de copa con las alas caídas; todo le servía. Para darse un aire más miserable, llevaba en el ojal una condecoración española, probablemente falsa.

Durante estas etapas de miseria, Valdés era capaz de hacer enormes caminatas, de no leer periódicos, de no desayunar, para economizar medio franco. En las épocas buenas daba una propina de cuatro o cinco francos por la cosa más pequeña: por una cerilla, porque le abrieran la portezuela del coche; sobre todo, si alguien podía verle.

—Así es la vida—decía él filosóficamente—. Esta gente del faubourg, que me invita a una comida de cincuenta o sesenta francos, porque me cree harto, si me viera hambriento y con el cuello de la camisa sucio no me daría dos reales.

Efectivamente, era cierto.

—¿Y no le ha visto a usted alguna vez por aquí algún conocido del mundo brillante?—le pregunté yo.

—Nunca. Son dos mundos opuestos. La calle de la Barouillère y la calle del Dragón, a dos pasos del faubourg, están socialmente tan lejos como los dos polos.