Una combinación como la de Valdés no podía darse mas que en un pueblo grande.
Llegaba el bohemio, en su doble personalidad, a hablar mal de la aristocracia cuando vivía en la miseria. Entonces contaba historias revelando el origen verdadero o supuesto de las familias ricas y les acusaba de vicios y de irregularidades.
—Yo creí que tenía usted gran entusiasmo por esa gente—le dije una vez.
—Sí, a veces, por lo que me conviene; pero crea usted que si tocaran a saquear el faubourg, no sería yo de los últimos.
En estas épocas de penuria, Valdés se sentía liberal exaltado, y solía visitar a republicanos franceses que conocía. Iba una o dos veces al año a ver al convencional Barère, que vivía aún en París, ya muy viejo.
MISERIAS
Siguiendo el ejemplo del machucho dandy, alquilé un cuarto en una calle próxima a la de Sevres, por doce francos al mes. El cuarto era pequeño y poco confortable, y tenía una ventana a un patio de un hospital, patio triste, con un pabellón negruzco en medio. Iba a comer al Restaurant des Gourmets, sitio obscuro y lastimoso, frecuentado por una gente raída, de una pobreza vergonzante.
Valdés comía en aquella sala miserable con la misma elegancia que en los palacios.
Llevaba por todas partes su estoicismo resignado y jovial.
Tenía allí su guitarra, y a veces amenizaba los postres tocando y cantando canciones españolas, con poca voz, pero con mucho estilo.