Como en el Restaurant des Gourmets no se avinieron a fiarme y no representaba para mí ventaja ninguna el ir allá, frecuenté la taberna del «Perro que Fuma», la de la «Espada de Madera», la de la «Cita de los Cocheros», y otros figones de nombres pintorescos.

EXAMEN DE CONCIENCIA

Aquellos días que estuve en París por amor propio me hicieron ver el reverso de la vida elegante de una manera descarnada y fuerte.

No pensaba que estos crepúsculos del invierno de París fueran tan tristes, tan largos, tan inhospitalarios. Estaba, además, acatarrado, y tenía siempre frío.

Miraba todo con un espíritu acre. Aquellos hoteles del faubourg me parecían feos y sin carácter.

Ya en la latitud de París—me decía—la piedra no tiene color de piedra. La piedra aquí es una cosa agrisada, cuando no es negra.

En estos paseos, no sé si por la influencia de los crepúsculos de París, del catarro o de las dos cosas, se me impuso la idea de que era un hombre vulgar, bien vulgar, que no tenía una idea grande en la cabeza, ni un plan en la vida, ni un amigo. Todo mi dandysmo era vanidad, humo. Era un pobre majadero presuntuoso.

¡Qué examen de conciencia hice por estas calles húmedas y nebulosas de París, entre toses y estornudos! También me servía como motivo de ejercicios espirituales el ver mi cuarto mísero y la niebla que dominaba en el patio negruzco del hospital vecino.

En el hotel casi todos los tipos eran como yo: gente que parecía no tener ninguna gana de que se les viera, que entraban y salían de sus cuartos furtiva y rápidamente, como los fantasmas.