La portera, una vieja gorda, chata, roja, con una cofia blanca, anteojos y una cara satírica, que me recordaba los retratos de las damas del siglo xviii, me miraba burlonamente mientras leía el periódico al lado de su gato.
Muchas veces no tenía ninguna gana de ir a ver a Valdés, a quien tontamente achacaba mi mala suerte.
Una vez, al entrar en el Restaurant des Gourmets, me dijo:
—Querido amigo; entra usted aquí como si los demás tuviéramos la culpa de que usted se haya quedado sin un cuarto.
—Tiene usted razón; perdone usted.
Esta conversación nos volvió a la cordialidad.
Como la miseria aguza indudablemente el sentido crítico, tuvimos largas discusiones acerca de España y de sus hombres, de París, de sus políticos, de sus escritores, de sus artistas y, sobre todo, de Balzac y Gavarni.
También hablamos de la influencia de las grandes capitales. Valdés, como vivía en París, quería pensar que sólo en las ciudades grandes se discurre y se vive; que en las pequeñas no se hace mas que vegetar; yo le llevaba la contraria, naturalmente, porque vivía en Bayona.