XVII.
ENCUENTRO
Un día, en la calle de Babilonia, vi a un hombre raído, triste, derrotado, cabizbajo, vestido de negro, que pasó cerca de mí como una sombra: como una de esas estampas de la miseria que se ven en las grandes ciudades.
Al fijarme en él le reconocí. Era el abate Girovanna. Al principio vacilé en acercarme a él, porque tenía un aire tan derrotado y tan siniestro, que lo mejor que podía suponerse, viendo aquella fantasma humana, era que salía de un presidio.
Venciendo el primer momento de repulsión, me decidí y le llamé. Girovanna me estrechó la mano, conmovido.
—¿Y la duquesa?—le pregunté yo.
—No sé dónde está. Era una loca.
—¿Y qué hace usted aquí?
—Estoy de químico en una perfumería. ¿Y usted?
—Yo he venido con algún dinero y lo he gastado demasiado de prisa, y ahora ando mal; estoy esperando a que me envíen de casa.