—La juventud loca imprevisora—dijo el abate.

—Yo suelo comer en un restaurante muy malo. Si quiere usted venir, le convido.

—Sí, vamos.

Fuimos al Restaurant des Gourmets, donde presenté el abate Girovanna a Valdés.

Girovanna habló con la facundia que le caracterizaba, y dejó perplejo a Valdés.

Yo le fuí sometiendo en preguntas, al abate, las cuestiones que constituían el fondo de las diferencias entre Valdés y yo, que versaban acerca de Francia, de España, de literatura y de política.

SOBRE FRANCIA

—Francia lo tiene todo—dijo el abate—; es el país privilegiado por excelencia, los dos mares principales de Europa...

—Como España—salté yo.

—Ríos como no tiene España, campos como no tiene España—replicó él—, ciudades que no ha soñado nunca tener España... Los franceses tienen de todo, material y espiritualmente... Sabios, artistas, militares, pensadores, escritores... Lo único que no tienen, aunque ellos hacen esfuerzos para creer que sí, es ese tipo de genio espontáneo que hay en otros países... Va usted al museo del Louvre: hay buenos pintores franceses, pero un Ticiano, un Tintoreto, un Velázquez o un Goya no hay entre ellos; hay buenos poetas, pero no un Dante; hay buenos dramaturgos, pero no hay un Shakespeare. Son, ante todo, gente fuerte y de buen sentido, pero el genio espontáneo irregular que adoran ellos eso es precisamente lo que les falta.