Una vez estábamos subidos a una tapia muy alta, y dos chicos me dijeron:
—¿A que no te tiras de aquí?
—A que sí.
Me tiré; al caer me agaché, me di con una rodilla en un ojo, y lo tuve hinchado cerca de un mes.
Cuando íbamos a bañarnos al Bidasoa, al comienzo del verano, yo era de los primeros que se tiraban al río.
Al caer al agua y sentir que estaba helada me ponía a temblar, pero luego me vengaba.
—¿Cómo está el agua?—me decían los chicos; y yo, tiritando de frío y nadando, decía—: ¡Caliente, caliente!
Una vez fuimos a las fiestas de Pamplona, en donde se hace un encierro que a la mayoría le parece bárbaro, pero que yo lo encuentro bien. La gente del pueblo marcha por las calles delante de los toros bravos que se han de lidiar excitándolos y desafiándolos.
Para mí lo repugnante en los toros es que un cobarde pueda comprar con dinero el derecho de ver cómo otro hombre se expone a que lo maten; pero si el espectador es capaz de ser actor y de exponerse a su vez a la muerte, entonces los toros constituyen una fiesta brava y atrevida.
Si todos los espectadores de una plaza fueran capaces de torear, si no vieran en el torero mas que una superioridad de agilidad, de habilidad o de talento, pero no de valor, los toros me parecerían, como digo, bien.