LAS GRANDES CIUDADES
—¿Y usted cree en la influencia de la gran ciudad para producir monstruos humanos en el bien y en el mal?—le volví a preguntar yo.
—Esa es una idea romántica de la época—contestó Girovanna—. Yo no creo en ella. La ciudad, con uno o dos millones de habitantes, no le añade ni le quita a uno nada; ni al inteligente le hace más inteligente, ni al cretino le disipa su estupidez. Es verdad que, al menos por ahora, es necesario un cierto número de habitantes para que una ciudad tenga un espíritu de libertad y de transigencia; pero ese resultado se consigue en las ciudades italianas y alemanas que no llegan a tener medio millón. El romanticismo de las grandes ciudades pasará. Cuando París sea una ciudad limpia y clara, ya no habrá romanticismo. El romanticismo es una enfermedad, una cosa forzada, recalentada, que no produce mas que fantasmas monstruosos. La salud no puede venir mas que de pequeñas ciudades cultas e inteligentes.
GUITARREO
Habíamos comido; el abate se despidió de mí diciéndome que al anochecer iría a mi casa, pero, en vez de marcharse, se quedó al ver a Valdés que traía la guitarra. Tocó Valdés unas sevillanas y un fandango; luego, en burla, le dijo al abate:
El abate cogió la guitarra y tocó una tarantela napolitana, en tres tiempos, con verdadera gracia y maestría.
—¡Muy bien! ¡Muy bien!
—Eso no vale nada. En mi pueblo cualquier pescador lo hace mejor que yo.
Luego cantó una canción rusa del Volga, muy melancólica, y después, una jota española, con mucho brío.